Vacíos de poder en Perú

Sin la capacidad política necesaria, el crecimiento económico será corroído. Las peripecias en nuestra política nacional, incluyendo las protestas vividas en la ciudad de Arequipa –en las que unos pocos ponen en vilo a toda una ciudad–, sirven de alerta sobre la ausencia del Estado. Esta laxa autoridad también se manifiesta en lugares como el Vraem, en los juicios populares en las ciudades del altiplano y en los cárteles extorsionadores en las ciudades moche.

En este contexto, los casos de la reciente crisis interna de México, la Italia de la posguerra y la realidad de los países del África subsahariana permiten sacar algunas conclusiones relevantes de hasta dónde puede llegar el vacío de poder.

Un artículo de The Economist del año 2014 relaciona el desarrollo de Perú con el modelo económico italiano de la posguerra (1950-1990), en el que la corrupción se formó a partir de los vínculos entre la política y las mafias; la economía italiana, a pesar de que contaba con tecnócratas capaces, colapsó. En Perú, parece inalterable el rumbo hacia una crisis similar, si la lesiva forma de hacer política continúa su vigoroso escalamiento. En este sentido, el artículo de The Economist señala que, si bien el gabinete peruano puede contar con tecnócratas capaces o mejores en comparación con periodos anteriores, es el liderazgo político el que se encuentra ausente. A la luz del comportamiento del Gobierno ante las recientes manifestaciones antimineras en Arequipa, esta situación no parece haber cambiado mucho.

Como puede observarse, los vacíos de poder nacen de la pobre capacidad política de imponer la autoridad, y suelen degenerar en vínculos entre los grupos que buscan el poder y la clase política a través de la corrupción. Vilfredo Pareto indicó alguna vez que existen dos tipos de actividades económicas: aquellas dedicadas a la producción de bienes y aquellas dedicadas al secuestro de los mismos (rent seeking). Recientemente, Acemoglu y Robinson –autores de Why nations fail– han señalado que existen dos condiciones necesarias para impedir el escalamiento de actividades que buscan el secuestro de los bienes producidos por una sociedad: una figura de autoridad –el Estado– y una distribución del poder político que permita la participación de todos o de una mayoría decisiva. Cuando al menos la primera condición está ausente en alguna zona geográfica, se está ante una situación de vacío de poder.

En el caso de México, la ausencia del Estado ha degenerado en caos –o algo muy cercano al mismo–, según relata Edgardo Buscaglia. Los vacíos de poder en México han llevado a un Estado fragmentado; las atrocidades de los cárteles de droga mexicanos en el estado de Tijuana, que luchan por el control de ciertas zonas, brindan clara evidencia de las consecuencias de la ausencia del Estado. Ante esta situación, es posible que la sociedad civil amenazada reaccione y se convierta en un grupo más que busca hacerse del control, lo que podría generar una intensificación del conflicto. La versión peruana de este fenómeno toma la forma de linchamientos y otros mecanismos coercitivos que canalizan la justicia y la voz del pueblo –y, en el pasado, con los grupos de ronderos que hicieron frente al terrorismo–. Así, la sociedad civil reacciona y se convierte en antagonista de aquellas fuerzas que buscan hacerse del poder ante un Estado inerte.

Hechos aún más cruentos se registran en el África subsahariana, donde la débil o nula autoridad del Estado es reemplazada por disputas –cual Game of Thrones– de los recursos –como, por ejemplo, los diamantes–, y el poder proveniente de los mismos se encuentra fragmentado entre grupos que pretenden imponer su propia autoridad. Sierra Leona, por ejemplo, ha decaído en grescas y guerras civiles entre grupos que buscan las rentas de las tierras del diamante y que dejan una nación quebrada y corroída ante la inexistente autoridad del Estado.

En su análisis económico de los conflictos, Jack Hirshleifer señala que un ecosistema de anarquía es sostenible solo si los ingresos esperados son mayores a los costos del conflicto para cada parte –esto es, si se espera que el conflicto sea rentable–, además de otras condiciones microeconómicas. En especial, Paul Collier, economista de la Universidad de Oxford, indica que la principal causa de que un grupo insurgente se alce en armas, tenga razones objetivas o no, es la capacidad de financiación.

El futuro de Perú es incierto. La capacidad económica para crecer puede ser mellada u orientada cada vez más a una economía del despojo y a una política del aprovechador, donde el rent seeking sea la actividad principal de aquellos en los que se confía el poder. Una élite con poder político puede fácilmente hacerse de poder económico y, a través de este, generar a su vez más poder político, en un círculo vicioso que la perpetúa en el poder.

En el caso mexicano, entre las principales medidas que propone Buscaglia para eliminar los vacíos de poder, destacan el cese de la financiación de los partidos políticos con recursos de una élite –esto es, evitar que las ganancias del rent seeking se transfieran a acciones para ganar poder político–. Sin esto, resultará difícil cualquier esfuerzo por promover la institucionalidad política inclusiva. La segunda medida es dotar de autonomía a las instituciones fiscalizadoras. Y la tercera, evitar que las autoridades fiscalizadores tengan relación con las entidades fiscalizadas.

Perú y su sistema de gobernanza se encuentran en crisis. La pobre estructura de partidos políticos ha sido denunciada reiteradas veces por lúcidos periodistas, académicos y otros. Los vacíos políticos ocasionan que la sociedad civil se encuentre indefensa ante grupos que compiten por hacerse del poder. La historia muestra que, tras varios años, en Italia sobrevino la depresión; en África subsahariana, la opresión; mientras que México se debate en el caos. Hace poco, el presidente de Transparencia Internacional (TI), el peruano José Ugaz, señaló que en Sudamérica la corrupción se ha convertido en una institución, como en ninguna otra parte del mundo. ¿Puede Perú seguir por este camino y llegar a ser un país desarrollado? La respuesta es, claramente, que NO.

Publicado en Mercados & Regiones número 9, julio de 2015

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