Juicios, sentimientos y felicidad

A lo largo de la vida, hemos ido desarrollando un estilo de sentimientos que suelen aparecer con mayor frecuencia o que ya están muy arraigados en nosotros. Todos queremos sentirnos bien; pero, con frecuencia, nos encontramos con que no somos como nos gustaría ser.

ESCRIBE KATTY SANTANA, ANALISTA DE MERCADOS & REGIONES

¿Por qué sucede con frecuencia que personas “con menos suerte” son más felices que otras que aparentemente han tenido más suerte en la vida?

No son las cosas que nos suceden lo que nos hace ser más o menos felices, sino los juicios que emitimos sobre lo que nos pasa y el modo como lo asumimos. A través de los juicios, generamos nuevas realidades y construimos nuevos mundos. Constantemente estamos emitiendo juicios. Emitimos juicios sobre el pasado y el futuro, sobre lo que ocurre, sobre las personas, sobre nosotros mismos, etc. Y estos influyen en el tipo de vida que tenemos.

Los juicios pueden ser fundados o infundados. Son fundados cuando hay afirmaciones o evidencias que lo comprueban, de lo contrario pueden ser falsos u opinables.

Vemos la realidad desde nuestra perspectiva y pensamos que esa es la única forma de verla, y por tanto que es “la única verdad”.

Creemos que la realidad se ajusta a nuestros parámetros. Sin embargo, podemos ver los sucesos desde otros puntos de vista, con esa apertura para saber que nos podemos equivocar y que, en ese sentido, es necesario considerar lo que no habíamos considerado, de manera que optemos por puntos de vida y enfoques que nos resulten más poderosos para lograr nuestros objetivos y alcanzar esa paz y esa felicidad que tanto anhelamos. Por ejemplo, aunque no podemos cambiar el pasado, sí podemos modificar la manera como lo interpretamos.

Por otro lado, los juicios influyen en nuestros sentimientos y estos, a su vez, influyen en el tipo de vida que llevamos. De ahí la necesidad de orientar nuestra vida afectiva hacia lo que es más conveniente para nosotros.

A lo largo de la vida, hemos ido desarrollando un estilo de sentimientos que suelen aparecer con mayor frecuencia o que ya están muy arraigados en nosotros. Todos queremos sentirnos bien; pero, con frecuencia, nos encontramos con que no somos como nos gustaría ser.

Hay una parte de nosotros que se resiste al cambio y tendemos a buscar refugio en lo que nos resulta más cómodo. Sin embargo, es necesario trabajar nuestro estilo sentimental, fijándonos metas a través de pequeños vencimientos para superar modos de actuar, de pensar y de juzgar que nos hacen más infelices.

Esto se logra a través de la perseverancia en las metas fijadas, hasta lograr que los modos más positivos queden arraigados en nuestro ser como parte de nuestra naturaleza. Para ello se necesita reflexividad y serenidad, y una cierta frialdad para mirar las cosas de más lejos, con el fin de no pensar con el corazón, sino con la cabeza.

No todo lo que sentimos es necesariamente bueno y, por eso, es necesario tener un proyecto de vida que esté marcado por una serie de valores y normas éticas, que vayan de acuerdo con lo que es más propio del ser humano, que es ese salir de uno mismo para ir en ayuda de los demás.

Si orientamos nuestros juicios, pensamientos y deseos hacia esos valores, encontraremos un estímulo que nos llevara a desarrollar otros sentimientos buenos, como son la generosidad, la sinceridad, el perdón, la compasión, la abnegación, que nos llevarán a tener una vida mucho más rica y satisfecha.

Además de juzgar con acierto y lograr una estabilidad emocional, se hace necesario entonces practicar el bien y orientar los pensamientos, juicios y sentimientos hacia este bien, buscando disfrutar haciendo el bien y sentirnos a disgusto cuando obramos el mal.

Ante el dilema de si decidir de acuerdo con los dictados del corazón o de la cabeza, lo propio del hombre es seguir los dictados de los valores que se han reflexionado con la cabeza, aunque a veces estén enfrentados con lo que dicta el corazón.

Como señala Alfonso Aguiló: “Se necesita mucha más fuerza para perdonar que para alimentar el rencor. Más entereza para responder con bien al mal que para contestar con la misma moneda. Más inteligencia para descubrir lo bueno que hay en otros que para empecinarse en juicios inmisericordes. Más discernimiento para estimular la bondad que hay en el hombre que para exasperar su arrogancia”.

Publicado en Mercados & Regiones número 5, febrero de 2015

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