La economía de la felicidad

En 2010, Easterlin indica que la relación entre el incremento en los ingresos y la felicidad es no significativa para aquellos países en los que gran parte de la población ya alcanzó un nivel de vida aceptable.

En nuestros días, se entiende que la política económica tiene como objetivo incrementar el ingreso per cápita nacional. Se suele suponer que, con mayores ingresos, las personas podrán satisfacer mejor sus necesidades, lo que debería llevarlos a un mayor bienestar y, probablemente, a una mayor felicidad.

La felicidad se considera, cada vez más, como una medida adecuada del progreso social y un objetivo de las políticas públicas. En esta línea, desde el año 2012, la empresa Gallup publica el Informe mundial sobre la felicidad; el tercer informe se publicó en abril de 2015. Sin embargo, el derecho de los individuos a buscar la felicidad ya se plasmaba en documentos como la Constitución de los Estados Unidos. Un caso especial es el del Reino de Bután, un pequeño país de mayoría budista en la cordillera de los Himalayas, donde la agenda política gira en torno a alcanzar la mayor felicidad.

El economista Gary Becker afirmaba: “más es mejor que menos”. Kahneman —premio nobel de economía—, Wakker y Sarin hacen explícita la importancia del bienestar individual, proponiendo incluso la creación de un Indicador de Felicidad Nacional (IFN).

Sin embargo, ¿depende realmente la felicidad de tener ingresos elevados? La paradoja de Easterlin —que nace del trabajo de este economista en 1974, Does economic growth improve the human lot? Some empirical evidence—, muestra que el aumento de los ingresos no genera incrementos significativos en la felicidad reportada por las personas. Si bien dentro de una economía el impacto de los ingresos sobre la felicidad es positivo, la relación pierde significancia estadística al comparar los índices de felicidad y el ingreso per cápita entre distintos países.

Sin embargo, en 2003, Ruut Veenhoven y Michael Hagerty, tras varios análisis, señalaron que la paradoja era ficticia y que la dependencia estadística entre la felicidad y el ingreso per cápita sí es significativa y positiva. Le siguieron a estos trabajos los realizados en 2008 por Justin Wolfers y Betsey Stevenson, de la Universidad de Pennsylvania, cuyo veredicto aseguraba la relación innegable entre el dinero y la felicidad.

En 2010, Easterlin reafirmaba su teoría con una nueva versión de su trabajo, en la que indica que la relación entre el incremento en los ingresos y la felicidad es no significativa para aquellos países en los que gran parte de la población ya alcanzó un nivel de vida aceptable, mientras que el tener un nivel de ingresos miserable puede representar un gran impacto negativo en la felicidad. En este sentido, la búsqueda de la felicidad pasa por asegurar la solidez económica sobre la que descansa el presupuesto de las familias para satisfacer sus necesidades más básicas. Asimismo, una mejor educación facilita a cada quien ejercer mejor su libertad en la búsqueda de la propia felicidad.

Esta corriente de pensamiento ha traído manifestaciones de todo tipo. En 2011, el documental The economics of happiness muestra cómo dos corrientes mundiales chocan: una corriente que propone la libertad de mercado, la globalización y la consolidación del poder corporativo, mientras que otra, representada por la mayoría de la población, promueve la resistencia ante esas políticas y simpatiza con ideas reguladoras de mercado, en defensa de una economía más solidaria y humana. Con relación a este punto, la Doctrina Social de la Iglesia considera a la solidaridad y la subsidiariedad como pilares sobre los que debe descansar la economía, sin que esto sea contrario a instituciones como la propiedad privada o la búsqueda de la rentabilidad o la utilidad individual.

Publicado en Mercados y Regiones número 14, febrero de 2016

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