¿Cuánto vale mi empresa?

Probablemente el lector nunca se ha planteado la cuestión de cuánto vale su empresa y, sin embargo, es una pregunta que tarde o temprano nos terminamos haciendo.

José Pedro jamás imaginó que la repentina muerte de su socio le iba a causar tantos dolores de cabeza. A menos de una semana del funeral de Manuel, Virginia, su hija única y heredera, apareció por la oficina, cosa que raramente hacía cuando su padre estaba vivo. Nada más entrar, maltrató al vigilante, hizo caso omiso de la recepcionista y enfrentó a gritos a la asistente de José Pedro, quien, alarmado con los alaridos, salió a tratar de calmarla. Estuvo casi dos horas conversando con ella y, poco a poco, la fue tranquilizando. José Pedro pensó que no era nada más que un suceso aislado, fruto del estado anímico en el que se encontraba.

No había pasado una semana cuando, en ausencia de José Pedro, nuevamente Virginia apareció en la oficina y causó tremendo revuelo con el tema de los regalos de Navidad para los trabajadores, que en ese momento el personal administrativo se encargaba de ordenar y envolver: que para qué se hacía tremendo gasto, que esto no se lo habían consultado, que si estas cosas iban en contra de sus intereses… José Pedro tuvo que volver a la carrera para hacerse con la situación. Esta vez le explicó en los mejores términos posibles que, si bien su padre había sido el gerente comercial de la empresa, ella sólo era accionista y, como tal, no podía interferir ni dar órdenes en la empresa. Los sucesos siguieren presentándose y ni con la intervención de los abogados de la empresa lograron hacer entrar en razón a Virginia.

Luego de un par de meses de pensarlo, José Pedro llegó a la conclusión de que no había posibilidad de mantener a Virginia como socia. Pero ¿cuánto vale mi empresa? Jamás se había hecho esa pregunta y hoy se la planteaba muy en serio. Virginia había heredado el 50% de las acciones, que eran de su padre, por lo que cualquier decisión en la junta de accionistas se trabaría. Debía encontrar una solución inmediata al problema y eso pasaba por sacar a Virginia de la empresa. Virginia era astuta y había estado pidiendo información al departamento contable. José Pedro estaba convencido de que ella quería negociar la venta de su parte pero que, con las expectativas infladas que tenía, pondría el precio por las nubes. Una de esas veces que se metió sin autorización alguna, estuvo acompañada de uno de los clientes más importantes. José Pedro estaba seguro de que ella le había ofrecido sus acciones a esta persona.

A las pocas semanas, revisaba la valorización con el consultor. Mientras conversaban, cayó en cuenta de que el valor de una empresa es relativo a quien la opere. La empresa en sus manos valía X, porque él sabía cómo sacarle partido a todos aquellos activos, conocía la cartera de clientes, tenía el know-how de lo que comercializaban, etc.; en cambio, en manos de Virginia, la empresa valía mucho menos de X, por no decir que valía bien poco, salvo que la vendiera a alguien que sí entendiera la operación de la empresa. Este era un punto crucial para la negociación. El haría una oferta conservadora con la idea de poder escalar un poco, pero si Virginia se iba por las nubes, su estrategia era decirle que, si ella tenía un comprador dispuesto a pagar eso, él con mucho gusto también vendería su parte.

Probablemente el lector nunca se ha planteado la cuestión de cuánto vale su empresa y, sin embargo, es una pregunta que tarde o temprano nos terminamos haciendo. Los motivos son bastante diversos: nos puede ocurrir lo que a José Pedro; puede pasar que necesitemos una inyección de capital para seguir creciendo y ya no se pueda tomar deuda; a veces es que hemos visto una oportunidad interesante en otro rubro y deseamos desinvertir; en otras ocasiones, los cambios en la industria pueden llevar a que tengamos que vender o morir; puede ocurrir que ya somos mayores y no hay sucesión en el negocio, o simplemente apareció un comprador que nos hace una propuesta que no podemos rechazar.

Es conveniente, aunque solo sea como ejercicio, preguntarse si realmente nuestra dirección incrementa el valor año a año de nuestra empresa. No deja de ser una manera muy concreta de medir nuestra gestión como directivos.

Publicado en Mercados & Regiones número 17, agosto de 2016

About the Author

Guillermo Caceres
Máster en Dirección de Empresas e Ingeniero Industrial. Con experiencia en consultoría estratégica para empresas en crecimiento de diversos sectores. Participó activamente en la incubación, puesta en marcha y gestión de emprendimientos empresariales. Ha dirigido organizaciones del Tercer Sector, en la formulación y ejecución de proyectos de cooperación al desarrollo, enfocados en áreas productivas y financiados por entidades internacionales. Director en diversas empresas y organizaciones. Consultor Senior en Aurum Consultoría y Mercado. Ha sido profesor del Área de Política de Empresa de la Universidad de Piura, y profesor del Área de Gobierno de Personas del CAME-Escuela de Negocios.

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