¡Cuidado con la espontaneidad!

Según señala Manuel Alcázar en Gobierno de personas en la empresa, la motivación de las personas no siempre es propiamente racional, sino que puede ser “espontánea”. El problema con la acción espontánea es que puede no ser adecuada para satisfacer una necesidad real.

Es lo que le ocurre, por ejemplo, a la persona que, ante un problema emocional, opta por comer pastel y helado en exceso, con lo que deteriora su salud y no soluciona el tema de fondo; o al colaborador que se distrae en cualquier cosa antes de empezar a desarrollar un proyecto difícil, con lo que tanto su angustia como la probabilidad de fracaso aumentan cada vez más; o a aquel gerente que lanza irreflexivamente a la empresa en un proyecto grande y costoso (tal vez porque halaga más a su ego), pero que, lejos de concretar beneficios para la organización, pone en riesgo la sostenibilidad de la misma, incluyendo el futuro y bienestar del propio gerente. En estos ejemplos, la motivación espontánea es un obstáculo para la satisfacción de las necesidades reales de los propios interesados.

La acción espontánea inconsistente con la satisfacción de necesidades reales también puede manifestarse ante la necesidad de un tercero. Un ejemplo ilustrativo lo encontramos en la historieta Mafalda, publicada por Quino. Mafalda y su amiga Susanita ven a una persona indigente. Mafalda: “Me parte el alma ver gente pobre”. Susanita: “A mí también”. Mafalda: “¡Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres!”. Susanita: “¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos”. La preocupación de Susanita por los pobres se limita a evitarse la incomodidad de tenerlos al lado; en este caso, la motivación espontánea se ha convertido en un obstáculo para satisfacer una necesidad real.

Tanto en la vida personal como en la vida de las organizaciones, las acciones deben estar informadas por la racionalidad, la que permite valorar si efectivamente se está procurando o no un bien a las personas involucradas. Si se desatiende la racionalidad, dejarse llevar por la espontaneidad puede ser compatible con desatender o incluso pisotear las necesidades de las personas.

Alguien argumentará que Susanita está atendiendo su propia necesidad de moverse en un entorno agradable y que, en ese sentido, su motivación puede ser considerada racional. Sin embargo, deben tomarse en cuenta las consecuencias nocivas, también contra uno mismo, que conlleva este tipo de comportamiento egoísta. En efecto, el no incorporar racionalmente el bien del otro como criterio para la toma de decisiones lo incapacita a uno para la satisfacción de sus propias necesidades afectivas. Sobre este punto, conviene recordar que, para reconocerse apreciado o amado (satisfacción de necesidad afectiva), es necesario que uno mismo tenga también la experiencia de actuar desinteresadamente por otros. De lo contrario, no se sabrá reconocer el genuino afán de servicio que puede haber en el comportamiento de los demás, y se podría confundir el aprecio sincero con algún cálculo mezquino o retorcido afán de autosatisfacción egoísta.

A veces, la espontaneidad puede estar alineada con el deseo de hacer un bien a los demás, pero se descarrila por la falta de reflexión. Ocurre, por ejemplo, cuando el afán de los padres por evitar sufrimientos a los hijos los lleva a ser demasiado indulgentes con ellos, criando seres inmaduros, incapaces de valerse por sí mismos. O cuando en la empresa no se corrigen errores graves de los colegas, para evitarles y para evitarse un mal rato; el resultado es un mal mayor, tanto para la empresa como para el colega.

En definitiva, la racionalidad debe informar las acciones de las personas. En el ámbito empresarial, la preocupación sincera por los demás es lo que distingue a las instituciones que perduran en el tiempo, porque sus miembros se sienten comprometidos entre ellos y con un proyecto valioso. Para los directivos, el mensaje es que las personas necesitan saberse reconocidas como valiosas por sí mismas, más allá de su capacidad de aportar eficacia y atractividad a las empresas —otro tema importantísimo—. Así se forja la confianza mutua y la unidad en las organizaciones.

About the Author

Gustavo Riesco
Magíster en Dirección de Empresas por la Universidad ESAN. Licenciado en Economía por la Universidad del Pacífico. Socio gerente de Aurum Consultoría y Mercado. Jefe del Área de Análisis y Estudios Estratégicos de la Universidad Católica San Pablo; profesor e investigador de la misma universidad. Director editorial de la revista Mercados y Regiones.

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