Música y dignidad

Es bien conocido que los indicadores económicos son insuficientes para evaluar el desarrollo de los países y regiones, y que, para conocer el nivel de bienestar, debe recurrirse a indicadores sociales, como la incidencia de la pobreza, el acceso a servicios sociales básicos, etc.

Sin embargo, el desarrollo pleno de las personas no significa solamente “estar” mejor, sino efectivamente “ser” mejor. Si el “ser” importa, claramente no basta con orientar esfuerzos a lograr una mayor “calidad de vida”, sino que debe cuidarse también la dimensión moral de los actos. Por ejemplo, si bien involucrarse en actos de corrupción puede llevar a que algunos alcancen un mayor nivel de bienestar, es claro que estos actos no los hacen mejores personas, sino más bien lo contrario.

En su antropología analítica, Juan Antonio Pérez López asocia el “ser mejor” con aquellas acciones que se realizan no solamente por alcanzar el propio bienestar, sino para conseguir un bien para otra persona, es decir, por un motivo trascendente. En esta línea, Manuel Alcázar y Pablo Ferreiro enfatizan que solo si las personas en la organización se mueven por motivos trascendentes puede lograrse la unidad o confianza mutua, que es necesaria para lograr objetivos de desarrollo institucional y permite alcanzar niveles superiores de productividad y eficacia.

Que las personas den importancia al impacto que sus acciones tienen sobre otros depende fuertemente de la cultura. Por ejemplo, recientemente el ministro del Interior, Carlos Basombrío, señaló que, en algunas zonas del Callao, hay una suerte de cultura delictiva, donde a los padres no solo no les importa que delincan sus hijos, sino que hasta están orgullosos de ello. Estas circunstancias nos recuerdan que la dimensión primera y fundamental de la cultura es la sana moralidad, como señalaba san Juan Pablo II (Discurso ante la Unesco, 1980). En este sentido, la primera y esencial tarea que atañe a la cultura es la educación, orientada a que cada hombre o mujer sepa vivir una vida más plenamente humana, con la ambición de ser cada vez mejor persona. No basta poner el énfasis en la instrucción sin más, enseñando solo lo que conviene saber para tener: es fundamental comunicar lo que el ser humano es, enfatizando su dignidad como persona, la confianza en su propia humanidad y, por tanto, la alegría de una vida que se despliega en coherencia con esa dignidad.

En este sentido, es alentador que, en su discurso del 28 de julio al Congreso de la República, el presidente Pedro Pablo Kuczynski haya puesto énfasis en la educación y, entre otros aspectos, en la enseñanza de la educación cívica y la música. Cabe señalar que el reconocimiento de la belleza en la música facilita también el reconocimiento de la belleza en otros campos, incluyendo el ámbito moral. Percibir la belleza del bien moral predispone y fortalece a la persona en el esfuerzo que se requiere para perseguirlo, permitiéndole, entre otras cosas, captar y rechazar la “indignidad” que supone la corrupción del funcionario público, para tomar un ejemplo del discurso del presidente.

El nuevo gobierno está dando señales de cambio y alienta la esperanza de que lleguen a concretarse elementos de una necesaria reforma del Estado. Por su parte, en el ámbito empresarial, se fortalece la confianza. Al mismo tiempo, las diversas instituciones deben tomarse cada vez más en serio su labor promotora de una cultura más plenamente humana.

About the Author

Gustavo Riesco
Magíster en Dirección de Empresas por la Universidad ESAN. Licenciado en Economía por la Universidad del Pacífico. Socio gerente de Aurum Consultoría y Mercado. Jefe del Área de Análisis y Estudios Estratégicos de la Universidad Católica San Pablo; profesor e investigador de la misma universidad. Director editorial de la revista Mercados y Regiones.

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